Sarcástico frío atroz que vacila el aturdido golpe de vida, satisfaciendo la silueta inconclusa del ave solitaria recorriendo libre las estrofas de ese mar encajado en una situación involuntaria al juego de su obraje primitivo.
El vidrio que se deja atravesar por el golpe frágil pero igual enfrenta su vida y no aparta en detalles, puede vencer al miedo, enemigo asesino que quita, y el terror aplana, el vicio suena el temblante eco de la raíz futura que desencadena el suspenso de tu apertura. Todo vuela mientras ellos bailan y cantan pero no imaginan, no sueñan, mi reproche alarga su glamour, pero superficial como ellos que no lloran porque no sienten y no ríen porque de qué.
La arritmia aflora del desconsolado abejorro que clavó su aguijón.
Revive el pastor alado que lleva a sus secuaces al sonido de la libertad, sin domar el paisaje, y el tapiz te marca la resaca de la naturaleza que vive de la lluvia y resopla soluciones al pasado revivido por el amanecer.
No hay fin, sigue derecho sin camino, nadie te para ni te gritará, no te arrodillarás.
Esa glicina acústica reluce la visión con sus hojas, como gotas violetas, caen con el viento y las vainas que buscan la futura vida, remontando el barrilete que ya recorrió los mares y toda la extensión que nadie detendrá con un lazo, tal vez con dos, pero su sentir vive alegre en el viento, y el rayo sólo lastima su carne y no desenfunda antes de tiempo, sino que aguarda el momento exacto para desplegar sus sueños de la pantalla podrida de imágenes turbias y distorsionadas en espíritu.
Recalza la vía en ese viaje, el tren no repliega la salida del viajero pero alucina de compañía, habilitando su llegada por donde sólo el sabe. Abriendo el sonar de está esa sirena que baldeará tu mente hasta cansar la utopía marcada por el tiempo que descansa sin más que tu permiso, y retiene el fin de la era que no llega pero amenaza constante, sin cuajar en la época marchita de esa banda que avanza anarquista hacia la victoria desconocida, que no reconoce fin sin más que espada y sangre. Luego amanece y no violan los guerreros al tiempo vivo.
Tu cara que, recorrida por el néctar de tus ojos, lagrimea sentimientos y reparte causas a la relación del marino perdido y solo en medio de la mar, contaminándose con la falta de paisaje insospechado por la ilógica sonrisa del vientre de vida que añora su llegada, y nacerá la idiota mirada al mundo perdido de aquel almacén irreal de la vida anclada.
Otra vez apura el fin la mano.
Ronco alarido que alisa tu mirada y distancia el objetivo que dejaste caer en la brisa del amanecer hermano que se llevó tu último suspiro a recorrer la vital confusión del resto del planeta.
Recalza el fin sin sonar la abadía perdida, pero busca estímulo sin apaciguar la vida vista por la guardia, perdida al atardecer que caía en el horizonte irradiante de ser abstracto, inspirado por las crujientes olas.
Al volar, dejo todo, y no sigo sin percatar la cera que empasta mis alas, y no revuelco, sino revoloteo alejándome sin rumbo, sólo alejándome al infinito, al final, pero a buscar respuestas.
Escrito el 15 de agosto de 1996.
